Outlander

Tal vez hemos perdido esa profunda motivación que nos guía en la batalla. Estos tiempos modernos son muy diferentes a los años que se nos muestran en las películas y series de ambiente. Esos años en los que imaginamos a los escoceses morir por causas justas y responder a códigos de honor.

Resulta muy difícil ser pionero y luchador cuando la mitad de tu causa y plan están sumidos en la incertidumbre. Resulta algo cercano a imposible pasar de soñar a convertirte en líder de una causa por la que crees.

Tal vez olvidamos, a veces, que para las mujeres no siempre ha sido un derecho reconocido el estudiar una carrera, o que su voz sea respetada. Y cuando nos cuentan sus historias de lucha, sólo podemos admirarlas desde lejos, dándonos quizás por aludidas, permitiendo con el tiempo que ese sentimiento de empoderamiento se disuelva en la comodidad que nos arropa.

Desde la perspectiva de mi nivel socioeconómico y del mundo en el que estoy acostumbrada a moverme, las quejas por tener que estudiar o hacer demasiadas cosas son pan de cada día. El ¿por qué a mi? y el «no me gusta esto y lo otro» son frases comunes y corrientes. Al no haber tenido que luchar en primera persona por conseguir lo que tenemos ahora, nunca hemos experimentado lo que significa su falta, por lo que no somos capaces de apreciarlo como deberíamos. Sin embargo, ¿no es esto parte del trabajo que hicieron nuestros antepasados por allanarnos el camino? No podemos pretender que alguien que tiene todo a su disposición tenga las mismas lecciones aprendidas que alguien que ha tenido que luchar por ello, porque el proceso por el que han pasado no se parece lo más mínimo.

Cuando no hay una necesidad real de cambiar algo de tu entorno, se vuelve mucho más fácil y reconfortante contemplar la queja desde lejos, antes que convertirla en una lucha real. ¿Por qué? Porque utilizamos la crítica como medio de desahogo de algo más profundo, y eso suele valernos. Tenemos en nuestro interior un joven fuego que coge fuerzas constantemente para mantenerse encendido, una llama que quiere prenderse en la batalla, pero que no tiene campo en el que desplegarse.

Y desde esa misma perspectiva pongo en sello que las mujeres de mi entorno, si bien parece que revindicamos multitud de nobles ideas, no respaldamos activamente ninguna, o al menos no en primera línea. Y algo tan aparentemente simple como tener acceso a estudios es lo que obviamos. Estudiamos, si, pero agonizamos por «lo duro y aburrido que es», olvidando que alguna vez hubo algún grupo de mujeres que debían probar lo que valían a cada paso, porque nadie pensaba que pudiesen utilizar su inteligencia. Mujeres que rompían normas y concepciones erróneas sobre nuestro género con lo que hacían, y que estarían orgullosas del efecto dominó de su decisión. Esas mujeres, ¿Qué pensarían al encontrarse con las que disfrutan ahora de su legado?

Conseguir valorar lo que tenemos sin experimentar su pérdida es una de las lecciones más importantes que debemos aprender todos. Aprender a utilizar la historia a nuestro favor nos ahorra el tener que repetir errores una y otra vez, permitiéndonos empezar a aprender desde un escalón superior.

Aunque, siendo honestos, ¿podríamos procesar de verdad una lección con simple teoría o no podremos evitar nunca llevarlo a la práctica en primera persona para que quede aprendida?

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