¿Cuántas veces nos hemos descubierto a nosotros mismos mirando con la mente en blanco a un punto fijo, con una sensación de que nada tiene sentido cuando lo piensas profundamente? A los quince minutos, ya sea por confusión, aburrimiento o distracción, acabamos desechando esa complicada sensación para volver a nuestros quehaceres. Ahora… ¿Qué pasaría si te rehusases a dejar de pensar en ese punto en el que decides hacerlo siempre? ¿Dejaría de ser todo tan confuso en algún momento?
Para mí, esta realidad siempre ha resultado un tanto extraña. Nunca he conseguido deshacerme de la sensación de que hay algo más que esto que estamos viviendo, de que hay otra explicación lógica para todo, muy diferente de las conclusiones a las que hemos llegado en el siglo XXI. Yo lo achacaba a episodios de despersonalización y desrealización que esperaba no me hicieran tener inclinaciones psicóticas, pero lo cierto es que los sentidos son lo que nos anclan a esta realidad. Son el puente que hace que nuestro mini universo personal pueda interactuar con la realidad material en la que vivimos (por lo menos en parte). En cuanto te deshaces de ellos (he ahí el poder oculto de despersonalizar sin trauma), descubres un despejado paseo virgen en el que poder plantearte en serio lo que normalmente tacharías de locura.
Nuestra realidad es demasiado perfecta. Todas las fuerzas y movimientos están demasiado conectado entre sí, de una manera tan harmoniosa que parece escrita por un músico brillante. Todo está regido por las mismas reglas, ocultas bajo capas de apariencia que hacen que no sea tan sencillo establecer la relación que en realidad tienen las cosas más dispares. Y por alguna razón que no alcanzo a comprender, me molesta. Tanto orden me molesta. Tanta perfección me chirría en los oídos, como si el mundo en verdad no estuviera hecho para funcionar así. Como si faltara caos, libre albedrío entre moléculas. Como si estuviéramos pasando por alto las muchas otras maneras de comunicarse entre ellas, regidas por un código y un ritmo totalmente distintos.
Me molesta la extraña sensación de que estamos siendo expuestos a una infinitésima parte de lo que es la realidad completa. Que estamos escuchando la melodía dulce de los primeros violines, cuando podríamos quedar fascinados ante el sonido de la orquesta entera.