Fernando Alonso, Nadal, los niños prodigio o como los llamo yo, los niños mágicos. Cuando oímos sus historias, parece cuestión de lógica aceptar todo lo que han fallado y lo que han ganado, o el poco o mucho tiempo que han tardado en conseguir el resultado magnífico por el que les conocemos. Parecen niños que han nacido con un don especial que no puede pasar desapercibido. Parece que todo estaba predicho por un destino superior, ¿verdad?
Porque esta es una visión bastante fácil de adquirir desde fuera, e increíblemente sesgada, aquí vengo yo a introducir el resto de la historia. El resto de muchas otras historias. Esa parte de suerte de haber crecido en un medio en el has sido introducido a una actividad de manera precoz, y donde tienes un ambiente que propicia el interés hacia esa actividad. Otra parte de trabajo (que el talento o la capacidad sin el trabajo no es absolutamente nada). Una pizca de constancia que, a no ser que tengas aprendida de otra vida ya, tienes que aprender de algún referente que tengas a tu disposición (porque no, el trabajo sin constancia tampoco da resultados). Y por supuesto, esa chispa que se prenda al hacer X actividad.
Me aventuraría a afirmar que lo que más marca la diferencia entre un niño que haga algo a nivel de élite y otro niño que lo haga a nivel «normal» es lo fácil que prenda esa chispa. Ciertas capacidades físicas o mentales pueden hacer que un niño destaque de una manera diferente a otro, sí, pero pensar que esas capacidades son el único camino posible a tales niveles de profesionalidad es un error garrafal.
Un tipo de pensamiento que nos aleja muchas veces de poder llegar a ese «estatus ganador» es el creer que porque algo no nos sale, no valemos para ello o no nos saldrá nunca. En cuanto dejemos de tener en cuenta la cantidad de veces que fallamos antes de conseguir algo, entraremos en ese modo que nos hace no dudar de nuestra capacidad para hacerlo (como cuando los niños aprenden a andar). Ocurrirá lo mismo cuando hagamos las paces con el sentimiento de no tener ni idea de algo y dejemos de estar preocupados por ser los seres más antiestéticos del mundo mientras intentamos cambiar eso.
Es una visión muy limitante la de suponer que la gente que crea leyendas es la que tiene un don especial. Es una visión que no sólo pasa por alto un millón de aspectos necesarios para que esa leyenda funcione (y que si los aplicamos a otra historia también la convertirían en leyenda), sino que crea una separación infinita entre la gente que destaca precozmente y la que no.